Éste hombre me vuelve loca. Terriblemente loca.
Después de mil vueltas, de encuentros postergados e imprevistos, hoy nos volvimos a ver y la espera valió la pena. Nuestro tiempo compartido es cada vez mejor, se perfecciona constantemente. Es muy gracioso el momento en que nos vemos y subo al auto, hablamos de temas superficiales, nos contamos nuestra semana, que novedades hubo, y hasta lo raro que está el clima, es cómo si ninguno de los dos reconociera lo que estamos a punto de hacer. Hasta que entramos al hotel, y cerramos la puerta. Y ahí si, somos, por fin, sólo él y yo. Y siento que muero, y deseo con toda mi alma, que el tiempo se pare, y que ese momento sea eterno.
Entonces comienza a besarme los pechos, juega con mis pezones, me dice cuánto los extrañó, cuántas ganas de volver a verme que tenía, que me extrañó mucho...
Cómo me gusta escucharlo, cómo me gusta verlo desarmarse de placer, "Ay Paula, por favooor" me dice sin aliento, "no pares nunca, por favor, no pares nunca", susurra, mientras yo tengo todo su miembro en mi boca. Es que con él me descubrí fanática del sexo oral, cómo me gusta chupársela, cómo me gusta sentir que tengo el poder de hacerlo estallar de placer, o de dejarlo con ganas de más, pidiéndome que me quede ahí, que no me vaya nunca. Inmediatamente después vienen las palabras de retribución: que hermosa mujer sos, cómo me volvés loco, a lo que yo respondo que él es hermoso y que él también me vuelve loca, entonces él vuelve a repetirlo, y así estamos, diciéndonos lo mismo constantemente. Aunque yo, obviamente, dejo que él tenga la última palabra.
"Me gustás mucho Paula, me gustás muchísimo". Primera vez que me lo dice y y se oye tan bien, suena tan lindo.
Pasados algunos minutos, la retribución ya no es en palabras, sino que le deja espacio a los hechos, y me inunda de placer, tal como me lo había prometido, me besa desde el pelo hasta la punta de los pies, y por qué no, del derecho y del revés. Y tenemos el mejor sexo del mundo, y sus caricias dominan mis sentidos, y nos miramos fijo, nos sonreímos, completamente felices del momento que nos estamos dedicando. Y yo no puedo más, mis gemidos son cada vez más incontrolables, y Juan me escucha, y me dice que "son música para sus oídos, y que se moría por volverlos a escuchar. Y me río, y empiezo a ver el orgasmo reflejado en su cara, lo escucho gemir, por dios, es tan lindo.
Y después llega la calma, caemos rendidos, extasiados, quisiera dormir horas, quedarme ahí, pero no se puede, hay una realidad tirana a la que le debemos respeto y a pesar de mis deseos, el tiempo nunca se detuvo. Recobramos el aliento, la respiración se vuelve a aquietar, y llamativamente, a diferencia de otras veces, empieza a hablar de su vida, su trabajo, su familia, nuestros amigos en común, y al cabo de un tiempo, me doy cuenta que yo también le cuento de mi vida, mi trabajo, mi profesión, mis planes, nuestros hijos, nuestras parejas. Todo esto sin haber dejado nunca de acariciarme ni yo de abrazarlo. Que raras se están poniendo las cosas.
Finalmente nos vestimos, y antes de irnos me dice: siempre me pasa lo mismo, terminamos de estar juntos, y en cuánto nos vamos siento muchas más ganas de volver a estar con vos, de verte nuevamente. Y yo sonrío, y quisiera decirle que lo único que pido es que por nada del mundo pierda esas ganas, que sigan aumentando y que me empiece a necesitar, cada vez más, con desesperación, que se acrecienten sus ganas de verme, que estoy esperando convertirme en su mayor necesidad. Pero no me animo, lo beso, sin decirle nada, y nos vamos. Otra vez al auto y a las charlas superfluas. Todo lo que fuimos, lo que sentimos, quedó ahí, en esas cuatro paredes. Los dos somos conscientes que es la vida que elegimos, desde un principio supimos que las cosas serían así, y mientras nos sirva, habrá que aceptarlo.
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