Había pasado más de un mes desde su último encuentro, se mantenían en contacto, todo el contacto que pueden tener dos amantes, casados, con hijos, con vidas totalmente separadas. Se deseaban, se buscaban, incluso, acordaron y cancelaron citas varias veces, por esos jodidos infortunios de siempre.
-Seguimos acumulando ganas - sostenía él, convencido. Sin embargo, en ella algo empezaba a verse, a sentirse distinto.
El deseo había disminuído en su mente y en su cuerpo. Se instaló en su interior un sentimiento de culpa, que nunca antes había experimentado. Empezó a dudar si valía la pena correr el riesgo de perderlo todo por instantes de pasión y lujuria. La gran dicotomía entre el deber y el ser finalmente se había apoderado de ella. Y mientras buscaba en el cajón de su ropa interior las medias y el portaligas que él le había pedido que use, imagenes de su matrimonio, del día de su casamiento, de la vida conyugal, inundaron su mente.
Aún asi esperó el llamado y corrió a su encuentro. La expectativa que le generaba que él la viera asi vestida, o mejor aún, asi desnuda, volvió a despertar el deseo adormecido y le recordó cuánto necesitaba su cuerpo.
Le bastó imaginarlo esperando su llegada para que su corazón vuelva a latir con desesperación. Le bastó verlo, para que su cuerpo se vuelva a estremecer.
Y se fundió en su abrazo, y en todos y cada uno de sus besos... En la mirada excitada de él, en la profundidad de sus ojos negros. Ella sabe muy bien que a partir de ese momento su cuerpo ya no le corresponde, ahora son sólo él y sus dedos, sus manos, sus brazos, su lengua, su sexo, los únicos y verdaderos dueños de ella. Pero también sabe que por el tiempo que dure el encuentro, él le pertenece con exclusividad, sabe que se va a entregar en cuerpo y alma a todo lo que ella decida hacer con él, sin reparos, sin tapujos. Y la simbiosis es perfecta. Como dos piezas de un rompecabezas, encajan maravillosamente. Sus cuerpos se reconocen, se gozan. Y es ahi donde ella se convence, una vez más, que aunque es muy probable que él aún no lo sepa ni lo vislumbre, su misión en este mundo es estar dentro de ella.
El tiempo, enemigo de los amantes furtivos, pareciera apurarse y transcurrir lo más rápidamente posible, celoso del momento que ellos se dedican, testigo de lo bien que se sienten y de todo el mal que pueden causar. La despedida llega, la culpa desapareció nuevamente en ella. Sólo le resta admitir que sí, que vale la pena correr el riesgo, que él la hace feliz, que este juego prohibido la apasiona tanto como ese hombre que hace instantes la hizo sentir única. Y lo admite, obvio. Y hace de la palabra NUNCA el leitmotiv de su llana realidad: que esto nunca se sepa, que esto nunca se termine.
De regreso a su vida cotidiana. A quitarse una vez más, el perfume que él dejó impregnado en su cuerpo y en su memoria. A dominar las imágenes de la desenfrenada tarde vivida, que inconcientemente se presentan en su mente sin avisar, sin advertir que ella ya no es la de esa tarde, es la otra mujer, la correcta, la que todos conocen, o creen conocer.
Sorpresivamente, el deseo sexual también se hace presente en mitad de la noche. Por primera vez en años, en muchos años, su marido la despierta con una erección. Esas cosas raras que tiene la vida, de no tener sexo en semanas, a hacerlo con los dos el mismo día - piensa asombrada de la situación y de la increíble insistencia del señor que duerme todas las noches con ella, y que justo ese día parece haberlo recordado.
Y todo se confunde, el desconcierto de sentirse atraída por su esposo, el recuerdo de su impúdica y espectacular tarde, la respiración agitada de ambos, sus gemidos, los besos apasionados que hacía tanto tiempo no se prodigaban. A quién le hacía el amor ahora? A su amante? o al hombre que había elegido serle fiel toda la vida? Quién le estaba provocando ese orgasmo? Y finalmente... A quién le susurró Mi Amor al oído cuándo todo acabó?. Sólo ella sabe cuánto le gustaría poder llamar así a su amante cuando, extasiada de placer, siente que podría morir a su lado. Sólo ella sabe el esfuerzo que tiene que hacer cada vez que se encuentran, cada vez que lo abraza, para que esa frase no escape de su boca. Sabe también, que existiría un antes y un después a ese momento, y no está dispuesta a vivirlo, ni tiene la valentía de enfrentarlo... al menos por ahora.
paula no se como llegue a tu blog pero es interesante, lo que te pasa a vos creo que nos paso en alguna medida a todos,el fuego que llevamos dentro nos hace en pensar por que no vivir, por que no gozar, por que no no ser feliz y disfrutar, creo que el sexo es el motor del alma y sin el no vivimos, no creo en que seas mala esposa, retroalimentarte de palcer es vivir , saludos
ResponderEliminarGracias por leerme y por haber dejado tu comentario. Comparto todas y cada una de tus palabras, sólo que a veces me cuesta aceptarlo.
EliminarSaludos! Paula