Mucha previa, mucho juego de palabras, miradas fijas, manos por doquier, mucha lengua, muchos besos, incontables, interminables, impúdicos, lascivos, espectaculares. Gemidos, la respiración entrecortada, los suspiros del final. Así fue nuestro encuentro, tan esperado, tan prohibido.
Deseaba tanto dejarme llevar, no ser yo la que toma la iniciativa. Nos entendimos tan bien, que por momentos llegué a pensar que, tal como en la película "Lo que ellas quieren" Juan podía escuchar mis pensamientos.
Hubo tiempo y espacio para todo, para jugar, para reírnos, para lamentar el tiempo perdido, para agradecerle a la suerte el habernos encontrado.
Recordar cada palabra que me dijo hace que me sonroje, saber que fui lo que esperaba y más, hace que me inunde de placer.
Ahora, mientras escribo, le doy permiso a mi mente para recordar todos los detalles, y revivo cada una de sus caricias, de sus gestos, lo escucho, lo huelo y lo siento nuevamente. No puedo evitar estremecerme. Por Dios... este hombre me vuelve tan loca. Me sentí tan bien, que por momentos olvidé completamente mi realidad, me transporté a mi vida de soltera, sin obligaciones, ni compromisos. Simplemente fui yo, despojada de toda culpa, sin una mínima dosis de arrepentimiento, haciéndo todo lo que sentía y dejándome hacer todo lo que quería.
Debo reconocer que el encuentro fue un poco breve, ambos teníamos demasiadas obligaciones que cumplir y al poco tiempo de separarnos nuestros teléfonos empezaron a sonar, apartándonos arbitrariamente del éxtasis en el que habíamos quedado inmersos. Reconozco también que me quedé con ganas de más, pero dicen que lo bueno y breve, es doblemente bueno, y yo estoy en condiciones de afirmar que es totalmente cierto.
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